Teleologismo en Jurassic Park

Octubre 25, 2007 by Serafin

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La película es un espectáculo espléndido; una joyita del cine comercial y uno de los tratamientos más sugestivos que ha hecho el cine reciente -al menos el que se fabrica en Los Ángeles- en torno a la Ciencia, la Natural en este caso.

Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993) tiene algo de Tiburón, algo de ET y de los Gremlims y de los bichitos spielbergerianos, pero sobre todo mucho de Frankenstein y su complejo; de su historia y su advertencia. De nuevo la Ciencia hurgando donde no debe; eso al menos se nos insinua -sutilísimamente- en la película. Esto es lo que se nos insinua: los dinosaurios tuvieron su oportunidad y la naturaleza -mediante su mecanismo, la evolución- se los sacó de encima. El diseñador inteligente (como lo llaman ahora) se los sacó de encima, y sus caminos son inescrutables. El hombre no puede, no debe, colocarlos de nuevo en escena, a esos dinosaurios desestimados. Si hace eso, que se prepare porque le van a ocurrir cosas muy desagradables. Se enfrentará quizá a la ira del diseñador inteligente.

Y le ocurren esas cosas desagradables a lo largo y ancho de las dos horas del metraje de Parque Jurásico. Vaya que si le ocurren. Los dinosaurios se zampan a más de un visitante y se mueven por aqui y allá como ratones; hasta en la cocina (literalmente) se los encuentra uno.

Luego de mil y un correteos y gritos y bocados, hacia el final de la película, con Laura Dern y compañía ya confortablemente instalados en un avión o helicóptero y reponiendose del susto, hay un bello plano en el que aparecen unas aves o pájaros sobrevolando el cielo y el oceáno. Los personajes sobrevivientes contemplan desde su avión o helicóptero ese cielo y esas aves y no dicen nada, pero la cámara del sibilino Spielberg lo dice todo. Uno de los intrépidos científicos nos había previamente recordado que las aves son los descendientes actuales de los extinguidos dinosaurios. Nos dicen, yo no se si Spielberg pero sí sus inteligentes imágenes: Esos -esas aves ensoñadas que sobrevuelan ese cielo- son los dinosaurios del presente: no queramos alterar este bello presente (re)creando lo que no debemos, sumergiéndonos en el infierno al que va irremisiblemente el que se atreve a morder el árbol de la Ciencia. No transmutemos en infierno y en dinosaurio lo que Dios -y su inteligente diseño- ha transformado andando el tiempo en bellas y poéticas aves del presente. Una advertencia teleologista (si Dios ha convertido a los megareptiles en aves por algo será) apretada en ese plano, en esas aves y ese cielo.

Algo así se nos proclamó también en la versión de 2005 (igualmente de Spielberg) de la Guerra de los Mundos. El mensaje del cine comercial norteamericano parece ser el siguiente: “Dios es el mejor ingeniero, el más inteligente de los diseñadores. No hemos de entrometernos en sus planes (Frankenstein, Parque Jurásico); en ocasiones incluso sus diseños nos sacan las castañas del fuego (Guerra de los mundos, 2005). “

En definitiva. No manipulemos la obra del Diseñador -nos advierten desde Hollywood- y confiemos, si el caso lo requiere, en Su infinita inteligencia.

El Museo del Transporte de Glasgow

Agosto 17, 2007 by Serafin

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Por segundo año consecutivo visité el afamado festival de verano de Edimburgo. La meteorología escocesa fue más bien benévola conmigo y sólo llovió durante tres de mis dias allí. Aprovechando la relativa proximidad (79 km) de Glasgow, dejé que un autobús me colocara en la co-capital de Escocia. Me acompañó una de mis hermanas trasplantadas a la tierra de los Scots. En Glasgow, pude visitar uno de los museos más populares del Reino Unido o al menos de su trozo más septentrional: el Museo del Transporte.

Justo enfrente de la Kelvingrove Art Gallery, se alza el Kelvin Hall, levantado en 1927 y albergando el Museo del Transporte desde hace veinte años (1987). Con su medio millón de visitantes anuales, el Museo es uno de los más concurridos de la sobrecargada Gran Bretaña y vuelve loca a la chiquillería de Glasgow. Se disfruta mucho en familia. Los niños corretean por los pasillos con una mirada alucinada y extraña. Criaturas del XXI, nietos a motor.

En esos pasadizos y salas del Kelvin Hall vamos encontrándonos con todo tipo de automóviles y vehículos. Es una pinacoteca de la locomoción y el transporte, un templo al gran tótem de la sociedad occidental. Coches, furgonetas, autobuses, caravanas, trenes: cualquier cosa arrastrada por el motor de gasolina, aunque también recoge el museo vehículos de otra propulsión. El Museum of Transport es una especie de insistente homenaje a la gasolina. Pude ver un automóvil de 1898 que a primera vista diríase una especie de carruaje, pero horseless o sin caballos. Llevaba un incongruente volante, que presuponía un motor y la necesidad de combustible. Los caballos que impulsaban al todavía decimonónico ingenio no eran ya pues biológicos. El volante del extraño carruaje a motor estaba a la derecha, como todos los vehículos que han circulado en el Reino Unido en el último siglo y pico, y todos los representados en el museo. El volante a la derecha: la principal seña de identidad del UK.

El Museum of Transport es también una exaltación del automóvil escocés. Y de paso también una apología del industrioso River Clayde y de los Queen Mary o los Queen Elisabeth.

A un lado del edificio, una calle-decorado recreaba un ambiente de los años 30. Tres o cuatro coches de esa década o de la siguiente se alineaban en la falsa calle. El automóvil más reciente que pude ver en el Museum of Transport fue un aparatoso taxi de 1987, aunque no se si también lo es (el más reciente) de la colección. Encontré modelos de los 20’s de los 30´s de los 40´s. Todas las décadas estaban representadas, y la diferente y cambiante estética de los vehículos. Creo que en el automóvil podemos encontrar una vez más el entrelazamiento Tecnología-Cultura. Se trata de una tecnología con un diseño específico para cada década o tiempo, como cada década o tiempo tiene su música o su cine o su sociología.

El motor de explosión y los vehículos que ha propulsado a lo largo de los años forma parte no sólo de la historia de la Tecnología sino de la memoria del epiléptico siglo XX.

El Kelvin Hall y su contenido justifica él solito un viaje exclusivo a Glasgow. El museo me encantó, y no creo que nadie interesado en la historia de la Tecnociencia deba perdérselo

Literatura y TecnoCiencia, a cara de perro.

Julio 5, 2007 by Serafin

 

En 1959, C. P. Snow pronunció una conferencia que andando el tiempo habría de hacerse célebre: The Two Cultures (las dos Culturas). En ella, Snow (antiguo físico y nuevo novelista de cierto éxito) declaró prolijamente su desconcierto ante la existencia en Inglaterra y en todo Occidente de una divisoria cada dia más marcada entre dos mundos intelectuales: el de los científicos y el de los humanistas. A lo largo de la conferencia, el físico-novelista abundó en la realidad de esa separación y aún hostilidad entre los dos mundos, las dos culturas.

De un lado -argumentaba Snow- teníamos el universo tecnocientífico, el de científicos e ingenieros. Retraido, frio. Ignorante por completo (a juicio de sus contrarios, los humanistas) de los más insignificantes rudimentos literarios. Bastante prepotente. Seguro de representar el futuro, de llevar ese “futuro en los huesos”. Desdeñoso hacia la cultura humanista y clásica, o indiferente. Si acaso la saluda (según Snow) con una inclinación de cabeza, vagamente amable. Un mundo -el de los científicos-, una cultura, nada leída, o casi nada. Aunque alguno de sus representantes murmure -con algo de incomodidad- haberlo intentado en alguna ocasión con Dickens.

Del otro lado: los humanistas, que Snow identifica esencialmente con los intelectuales literarios. Adoran las grandes obras de la Literatura, en esas obras enormes está contenido el género humano, sus actos y motivaciones, toda su complejidad. El mundo y sus problemas, y todas las indagaciones imaginables en torno a ellos. En esas obras, en esos desarrollos ficcionales está todo. Todo ahí puede hallarse. El crítico debe escarbar en ese grano y entregarle al mundo sus hallazgos. Esas humanas razones que van más allá del frio cálculo, y de la reducción de la vida a engranajes y mecanismos. Las razones que la razón no entiende. Pero estos intelectuales exquisitos y literarios no tenían ni idea -según el conferenciante- acerca de en qué consistía la Segunda Ley de la Termodinámica, ley de “sombría belleza”, que acaba troceándonos a todos; e incluso respondían -esos intelectuales- agriamente cuando se les preguntaba acerca de la diferencia entre velocidad y aceleración. Esa ignorancia no les preocupaba, ni la consideraban ignorancia.

Snow abogaba por un entendimiento entre esos dos universos tan desdeñosos el uno para con el otro, tan distantes. La TecnoCiencia en verdad era el futuro -y eso lo decía Snow tras Hiroshima, desacomplejadamente. Era y es el futuro, sí. Una cosa no quita la otra. La Sociedad industrial y más tarde Postindustrial creaba un orden mejor -por muchos que hubiesen sido y fuesen todavía sus abusos- que el antiguo y calamitoso orden agrario preindustrial, ese que tanto exaltaban no pocos de los intelectuales literarios, tan adoradores de Dickens y sus criaturas, sacudidas por la irrupción industrial y tecnocientífica de la Inglaterra de las décadas iniciales del XIX.

Snow quiso catalizar un debate. Lo logró. Y no sólo un debate o debates. Sufrió -tras su conferencia- una durísima crítica ad hominem por parte de un destacado crítico literario: F. R. Leavis, profesor y erudito en Cambridge. Leavis descalificó a Snow como novelista (si bien no es un novelista, matizó, no llega a eso) y también como científico. La andanada de Leavis contra Snow llevó a los editores del primero a pedir permiso al segundo antes de publicar el escrito del viejo profesor, y persuadir a Snow de que no emprendiese acciones legales, caso de que este hubiese pensado en hacerlo.

Puedo comprender a Leavis, a pesar de todo. A pesar de lo desmedido, de lo exagerado de su crítica. En Inglaterra, la Literatura es sagrada, o lo fue durante muchos años. Se leía a Dickens o a Thackeray como los Evangelios, como un torrente sapiencial. En la Isla de Shakespeare, la Literatura, su crítica y exégesis, era como la Sociología en Francia, o la Historia en Alemania. Una disciplina abarcadora, totalizante de los asuntos de hombres y mujeres. Para Leavis, el verdadero conocimiento estaba en las indagaciones poéticas en torno a los grandes temas humanos, esas indagaciones de los novelistas excelsos.

Pero me quedo con Snow. Con todas las matizaciones necesarias. Ambos mundos (el literario y el tecnocientífico) son complementarios. Modos de indagación no excluyentes. Como el pensamiento lateral y el lineal. No todo en la vida ha de ser tecnociencia, ni el hombre ha de cosificarse; ni la civilización humana reducirse a un simple cálculo egoista -tal era quizá el temor de Leavis y la razón de fondo de su acerada crítica-; la literatura y las artes tienen un papel que cumplir. Han de llegar a donde no lo haga el frio cálculo.

No obstante, es el frio cálculo el que ha de marcar la pauta básica. El pensamiento positivo. La verdad de la naturaleza y del mundo. Porque hay una verdad, la verdad de los hechos verificables. La hay, aunque corran malos tiempos en este comienzo del XXI para la verdad y los hechos. Más allá está la interpretación de esos hechos, la ideología. Pero es la verdad -esa verdad positiva- la que ha de señalar el camino, la dirección.

No la literatura, ni la ideología, que han de ser solo revestimientos -importantes revestimientos, esenciales- de aquel esqueleto. El esqueleto de la verdad, de los hechos verificables.

Roma venció a Cartago, y no al revés. La verdad, los hechos. A partir de aquí, toda la literatura -y lo digo en el buen sentido- y toda la ideología que se quiera.

Me quedo con Snow. Y con las agrias correcciones -o con algunas- del refunfuñón, del Scrooge Leavis.

La TecnoCiencia: monstruo jurásico.

Junio 24, 2007 by Serafin

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En la tercera Encuesta Nacional sobre percepción social de la Ciencia y la Tecnología (año 2006), hay algunos datos interesantes. No es el menos interesante el siguiente: el porcentaje medio en España de quienes piensan que los beneficios de la TecnoCiencia superan a los perjuicios es de (sólo) el 45 %. Y en Cataluña, la cifra es aún menor: el 40 %.

O sea: que en Cataluña, no más allá de un raquítico 40% de los ciudadanos piensa que la TecnoCiencia ha sido positiva para el conjunto de la Sociedad.

¿Un 40%? Caray. Una de las conclusiones del informe es que la imagen social de la TecnoCiencia por parte de la Ciudadanía española es más bien favorable. Confrontado con el dato de ese insuficiente 40% catalán (45 % en el global de España) de percepción favorable del coste-beneficio de la Ciencia y la Tecnología, yo tengo mis dudas.

¿Porqué ese 40 % -centrándonos en el caso de Cataluña, territorio tecnológicamente algo más avanzado que la media española- no es al menos un 60-65 % ? ¿Porqué esa irreductible desconfianza hacia la Ciencia, hacia sus desarrollos y, si se me apura, hacia el mismo fundamento lógico-racional del conocimiento y del método científico?

Es un tema que da para mucho. De entrada diré que -en mi opinión- a las administraciones no les hace mucha gracia la generalización del método lógico-racional en los diferentes aspectos de la vida cotidiana. A publicistas, empresarios y gestores se les iban a complicar extraordinariamente las cosas, si tal método se generalizara en el dia a dia de la gente. Es más, creo que una de las razones de la formidable expansión -en las últimas décadas- de la nebulosa postmoderna, de la magufería, del pensamiento flácido, las mitologías de nuevo cuño y los revivals mágicoreligiosos que empiezan a sepultarnos, es justamente mantenernos en una cierta confusión que haga más fácil nuestra administración y control.

Volviendo al tema de la más bien negativa percepción social de los supuestos beneficios mayoritarios de la TecnoCiencia ¿Porqué -insistamos- ese tan bajo 40%?

La Tecnociencia en el sentido amplio -incluyendo claro está todo el cosmos de las Ciencias Biomédicas y sus desarrollos técnicos: farmacología, galénica y demás- te permite interesantes posibilidades. Ejemplos: quitarte en unos minutos un dolor de muelas devastador que en cualquier época anterior al siglo XX te hubiera llevado a abominar del conjunto del universo conocido; te elimina en un santiamén microorganismos  que en otro tiempo interrumpían definitivamente interesantes carreras poéticas o literarias; te ofrece comunicaciones instantáneas (textuales y audiovisuales) con los lugares más alejados; te ofrece también aproximaciones incluso físicas a esos lugares alejados. ¿Insisto, porqué ese raquítico 40%.?  

 ¿Por lo de Hiroshima? Quizá, aunque no lo creo. En los años 50 esa era sin duda la razón fundamental de la crecientemente sombría percepción popular de la TecnoCiencia. (Seguramente influyó también la serie B cinematográfica: Them! o las pelis japonesas de Godzilla). Pero 60 años más tarde, la opinión pública no sabe -en conjunto- ni donde queda Hiroshima. Y mucho menos lo que significó aquello en términos de impacto social de la Ciencia y sus desarrollos.

Si la gente tiene esa percepcion más bien negativa -o al menos no suficientemente positiva- de la TecnoCiencia no es desde luego por la consulta de fuentes (llamémosle) “primarias” (la lectura directa del Nature, verbigracia y la reflexión autónoma en torno a esa lectura directa), sino más bien por un excesivo crédito a las dudosísimas fuentes secundarias que son los desarrollos ficcionales (principalmente del cine y la TV) y los interesados filtrados informativos de los media -en especial los informativos de las televisiones abiertas generalistas -con esa predilección suya por los aspectos sombríos o potencialmente sombríos de la Tecnociencia.

El cine es causante principal. Un ejemplo de entre los muchos que podrían ponerse: en 1992 salta a los medios la conservación en ámbar de un insecto de una anterior era geológica. Ese insecto podría contener en su tubo digestivo pequeñas cantidades del líquido interno de algún gran reptil extinguido. Esto podría dar acceso al DNA del gran reptil, a la posibilidad de describir el genoma del animal desaparecido, de secuenciarlo.

Inmediatamente, (el a veces injustamente despreciado) Michael Crichton escribe Parque Jurásico; inmediatamente Steven Spielberg rueda Parque Jurásico. Inmediatamente (en el imaginario del gran público y gracias al tándem Crichton-Spielberg) la noticia de la conservación en ámbar del insecto antiquísimo pasa a convertirse en una aterradora posibilidad, una nueva amenaza sobre la humanidad, al estilo Them!. ¡Ojo que se nos echa encima el dinosaurio!.

Aqui están creo yo, las claves de la percepción -sino negativa, al menos no todo lo positiva que sería de desear: un exceso de editoriales negativas por parte del cine y los media, esos grandes educadores y lo digo sin ironía. Tantos que han llegado a oscurecer la innumerable calidad de vida que constantemente nos suministran la Ciencia y sus desarrollos tecnológicos.

En una ocasión me puse a escuchar una música excelsa por encima de las nubes: iba en avión. La ingeniería aeronáutica ha logrado hacerse lo suficientemente poética para colocarnos -en un sentido físico- por encima de las nubes. Y la tecnología de los minirreproductores de música te facilitan además la banda sonora. Ejemplos similares del entrelazamiento tecno-cultural podrían multiplicarse. No entiendo la insistencia en crear una divisoria que no existe. Y no entiendo tampoco la insistencia en atribuir maldades a uno de los términos de ese maravilloso binomio.

El blog del caballerito Darwin

Junio 14, 2007 by Serafin

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Una curiosa idea: convertir el diario del Beagle en blog. Y traducirlo.   

El caballero inglés Charles Darwin decidió a los 22 años enrolarse en el Beagle, velero británico que pretendía una expedición científica (geológica y zoológica) por los mares del mundo.

El desastroso Darwin, que prefería las juergas con su hermano Erasmus a los estudios de medicina que supuestamente seguía en Edimburgo, fue enviado por su padre sir Robert a Cambridge, para allí formarse como pastor protestante. Ya que no le iba lo de médico. La de pastor protestante era la ocupación respetable a la que un padre de clase alta y preocupado enviaba a su hijo, cuando este le salía más bien gamberro.

En Cambridge, y como en su época de fallido estudiante de medicina, Charles Darwin seguía más de cerca el mundo natural que su formación estrictamente académica.  Era su verdadero interés y era muy bueno en ello. El naturalista amateur captó la atención del académico JS Henslow, que lo propuso para ocupar una plaza científica en el Beagle.

Cinco años (1831-36) duró el pequeño viaje del caballerito dilettante. No era sólo un caballerito dilettante. No fue un pequeño viaje. Recorrió mares y océanos, puede decirse que dio la vuelta al mundo -vuelta parecida a la submarina del imaginario Aronnax, el médico aquel de Verne-, y fue en las Galápagos donde recopiló quizá la más valiosa de sus informaciones. Adentrándose en las islas, pues el caballerito se lo trabajaba y bien. Dedicándole seriedad y tiempo. El Beagle recorrió muchos parajes y en varios de ellos, Darwin se adentró tierra adentro. Recopiló, el dilettante. Recopiló mucho. Inicialmente como geólogo, más tarde como biólogo. Dilettante. Pero tenaz y genial.

El caballerito Darwin regresó a Inglaterra en 1836, tras los cinco años de trayectos con el Beagle. Publicó su diario, el de sus experiencias y observaciones a bordo, en 1837. El Diario del viaje del Beagle contribuyó a hacer de él una celebridad científica. En ese XIX, que habría de ser paradójicamente el siglo en el que la Ciencia se institucionalizaría y profesionalizaría definitivamente, hasta ese paroxismo de 1945 y la llegada de la Big Science. El final de la época de los caballeritos tipo Cavendish, o Darwin. Ociosos y acaudalados. Aunque quien sabe si por eso llegaron tan lejos.

Más de dos décadas pasaron entre 1836 y la fecha final (1859) de la publicación de El origen de las especies, obra magna de Darwin y acaso obra magna del conjunto de la Ciencia del XIX. Durante esas décadas, Darwin procesó sus observaciones sobre el terreno de los cinco años del Beagle y desarrolló no sólo una teoría de la evolución de las especies sino que supo dar -y describirlo con precisión- con el mecanismo de dicha evolución.

Darwin era un hombre religioso, escrupulosamente. Aunque no tanto como Emma, su esposa, escrupulosamente religiosa. Emma, que contemplaba con horror como a lo largo de esos veinte años Charles iba desmadejando una teoría que colisionaba fuertemente con los argumentos teológicos de la época. El Hombre, resultado de un proceso y un mecanismo evolutivo. El hombre, ápice de la Evolución -reflexionaba aterrado el que un dia se formara para pastor de la Iglesia de Inglaterra- Ápice, pero de una Evolución.

Fue como confesar un crimen - dijo Charles Darwin, devoto, ante las conclusiones a las que él y su libro llegaban. Pero la verdad hay que confesarla, amigo Charles. Y la Ciencia se construye con verdades, con hechos, por mucho que se sometan a constante verificación ellos o las hipótesis que apuntalan.

La controversia entorno a Darwin recorrió la segunda mitad del XIX y ha llegado -increíblemente- a nuestros dias. No hay ni un sólo biólogo serio que dude de la evolución y de las doctrinas de Darwin, al margen de que los mecanismos darwinianos haya habido que afinarlos a la luz de los nuevos datos y evidencias del último siglo y medio. Nada sabía de genes y de mutaciones a nivel molecular el autor de El Origen de las Especies, como se comprenderá. Pero el camino señalado por Darwin ahí sigue y nadie duda de lo acertado de su dirección.

En passant: Los antiguos creacionistas -hoy transmutados en vindicadores del diseño inteligente, esa nueva chorrada de nuestro siglo irracional- continúan, un siglo largo después, dando guerra.

En fin. Paciencia.